Una mañana azul de enero en este Madrid invernal, en transición de una pandemia a otra, me apresuraba al encuentro del grupo y agradecía cada bocanada de aire fresco mientras pensaba: ¡no hay nada como una calle de Madrid para animarse y sentirse vivo! ¡Cuánto se aprende en la universidad de la calle!

Quizás Felipe II eligió Madrid para la Corte por este aire azul y frío, vital, tan lleno de luz que levanta el alma y te anima tanto como para dirigir un imperio.

El imperio estaba en plenitud, pero ya no tanto, cuando en la zona a la que íbamos se juntaron tantos genios del arte de escribir como nunca se vio en nuestra Europa y en el mundo.

Momentos de la historia donde se encuentran hombres cargados de ilusión y desengaño, con vivencias increíbles, compitiendo en creatividad hasta dar a luz un siglo excepcional de la literatura y las artes. A eso íbamos, a bucear en
nuestra historia para disfrutar y conocernos mejor.

Empezamos. Espléndido y amplio espacio el de la plaza de Santa Ana, llamada así por el derribado convento del mismo nombre que tenían en el solar las hijas de Santa Teresa y que fue víctima de la intensa política de demoliciones del hermano de Napoleón de no muy grato recuerdo.

¡Ay si su fundador, San Juan de la Cruz, levantara la cabeza!

Más tarde fue plaza del Almirante Topete, uno de los líderes del levantamiento contra Isabel II, luego del príncipe Alfonso, tras el retorno de la dinastía castiza, para finalmente volver a su nombre original en 1933.

No le interesó tanto vaivén al pueblo que siempre fue fiel al nombre de Santa Ana.

Frente al convento hervía un Madrid del Siglo de Oro que derrochaba diversión a pesar de todo, a todos interesaba el teatro, desde el Rey hasta el último súbdito, hombres y mujeres metidos en la “cazuela” y el “apretador” se morían por ir al corral de la casa de Isabel Pacheco.

Luego ascendió a “Corral de la Pacheca”, “Corral de Comedias del Príncipe”, “Teatro del Príncipe” y hoy Teatro Español.

¿Quién diría que aquello fue un corral con gallinas al ver hoy la preciosa fachada neoclásica del arquitecto Juan Bautista Saquetti de 1745? Las llamas se lo llevaron, pero su propietario, el Ayuntamiento, lo restauró y convirtió en el Teatro Español. Eso sí, las entradas se seguían vendiendo en el bar “Casa Alberto”. Hay costumbres que no se pueden perder.

Frente a la cuna de nuestro teatro vemos el precioso edificio de tintes modernistas, estilo Palacios, que alberga el Hotel Reina Victoria, llamado de los toreros, donde el inolvidable Manolete siempre reservaba la habitación 220. Fue edificado para sede de los Almacenes Simeón sobre el solar del palacio de Eugenia de Montijo.

Y para acabar de adornar la plaza incorporamos un bonito monumento al único dramaturgo que no vivió en aquel barrio: el genial Pedro Calderón
de la Barca, que hasta sobrevivió el desastre de la Armada Invencible y que vivía al otro lado de Madrid a sueldo del Rey. Hay clases.

Ya adentrándonos visitamos la iglesia de San Ignacio de 1860, diseño del Marqués de Cubas, edificada sobre lo que fue un colegio jesuita de 1767 para
súbditos ingleses e irlandeses que querían seguir siendo buenos católicos y no dejar de tener un Papa.

¡Y qué decir del soberbio Palacio del navarro Marqués de Ugena!, Francisco Goyeneche, Duque de Santoña, realizado en 1730 por Pedro Ribera nada menos. Eran de Baztán e hicieron el pueblo Nuevo Baztán en Madrid.

De aquí salió a dar un paseo el primer ministro gallego, y esperanza para la democratización de la España de Alfonso XIII, José de Canalejas aquel
fatídico día de noviembre de 1912 para recibir un disparo del anarquista Manuel Pardinas frente a la librería San Martín de la Puerta del Sol.

Una oportunidad más, truncada. ¿Reforma o revolución? Hoy es la flamante Cámara de Comercio e Industria de Madrid.

Pasamos frente a la preciosa casa que el ingeniero Pérez Villaamil encargó al arquitecto Eduardo Reynals, en la Plaza de Matute y que pertenece al catálogo de edificios modernistas de Madrid.

Con estas reflexiones nos adentramos en el barrio hacia la iglesia de San Sebastián, parroquia de Cervantes y Lope, donde se encontró el documento en el que Cervantes pedía permiso para enterrarse en el convento trinitario.

Subido al banco, frente a lo que fue el cementerio exterior de la iglesia y hoy es una floristería, nuestro apreciado profesor Fernando nos explica lo que fueron los enterramientos y “las mondas” y lo único que queda de la antigua iglesia: la capilla de los arquitectos.

En la iglesia estuvo la tumba de nuestro genial Lope de Vega, vecino del barrio, perdida gracias al eficiente trabajo de las dos Españas: unos la saquearon en 1936 y otros la bombardearon la noche del 19 de noviembre de ese mismo año, perdiéndose la tumba de Lope para siempre. ¡Paciencia Señor!

Para levantar el ánimo nos pasamos por la Fonda de San Sebastián, donde escribían y bebían buenos caldos Cervantes y luego Moratín, increíbles los viajes de agua que pudimos ver bajo el suelo de cristal.

 

También está en el barrio la “Casa del Nuevo Rezado” de 1788 diseño del arquitecto Juan de Villanueva y en la que los monjes del Escorial producían y guardaban los libros de rezo. El escudo emparrillado del monasterio, que todavía vemos en la fachada, ha sobrevivido a la desamortización de 1836 y a su conversión en Academia de la Historia.

Impactados por el peso de los descubrimientos y abrumados por la larga
visita enfilamos el tramo final para ver el Convento de las Trinitarias con fachada a la casa de Lope de Vega.

Lo fundó para su hija en el siglo XVI el capitán de los ejércitos de Flandes, Julián Romero, en sus terrenos de Madrid.

Andando 1616 se enterró en él Miguel de Cervantes, pero sus restos se perdieron con la nueva construcción barroca de 1673.

En 2015 las técnicas modernas de georradar permitieron descubrir que debajo del suelo de la iglesia estaba la antigua cripta de enterramiento con restos de hombres, mujeres y niños, entre los cuales se cree descansa el Genio Universal.

Marcela de San Félix, monja, priora y escritora, hija de Lope de Vega, despidió desde este convento el cortejo de su querido padre Lope de Vega camino de su descanso en la parroquia de San Sebastián. ¡Si hubiera sabido lo que iba a pasar en el 36!

“PARVA PROPIA MAGNA, MAGNA ALIENA PARVA”, reza el dintel de la casa de Lope de Vega frente al convento, diciéndonos que lo pequeño, si es propio es grande, muy grande, como este recorrido nuestro en un día de cielo azul en un Madrid de leyenda.

El Cronista Senior
18 de enero de 2022