Con el deseo de rendirle homenaje y de poner en valor ante la comunidad del ICAI el papel fundamental que desempeñó en nuestra historia, publicamos esta crónica escrita por Luis Alberto Petit con motivo del centenario de la Asociación, que envió a Jaime de Rábago y Marta Reina al inicio de su etapa como Presidente y Secretaria General.

Los inicios

Pasaron los años desde que en 1912 Miguel Santamaría fue el primer Ingeniero del ICAI y único alumno de aquella primera promoción. Los sucesores fueron tan capaces por su formación que interesaron a las empresas. Así, de forma creciente, se fue conociendo la denominación de Ingenieros del ICAI. Su formación no difería demasiado de la de los ingenieros industriales formados en las tres escuelas a nivel nacional gestionadas por el Estado, pero el ICAI las mejoraba desde el punto de vista de las prácticas: talleres, laboratorios, etc.

En el año 1921 la cincuentena de ingenieros del ICAI ya existentes tuvieron la feliz idea de constituir la Asociación de Ingenieros del ICAI, que en primera instancia presidió Yagüe.

Expulsión de los Jesuitas de España

El número de ingenieros fue creciendo progresivamente, aunque poco a poco, y así llegamos al año 1931. La expulsión de los Jesuitas por parte del gobierno de la República llevó consigo el establecimiento de un convenio con el Instituto Graham de Lieja que concedió unas aulas a los ingenieros del ICAI para que pudieran cursar allí sus estudios de ingeniería. Esto conllevó graves dificultades para los estudiantes que solo podían venir a Madrid para estar con sus familias durante las vacaciones y en muchos casos éstas se limitaban a las de verano, como consecuencia del coste que suponía tanto la estancia como los largos viajes en tren entre España y Bélgica.

La milicia universitaria

Terminada la Guerra Civil en 1939, el Gobierno se dio cuenta de la falta de profesionales para la reconstrucción de tantos edificios destruidos durante la guerra y de la necesidad de renovar y mejorar la industrialización del país, así como también de la falta de profesionales en el campo de la medicina, de la farmacia, del derecho, etc.

En consecuencia, el Gobierno constató que la permanencia de dos años de los jóvenes españoles en su servicio a la patria, retrasaba la incorporación al mundo laboral de tantos profesionales como eran necesarios. Con este motivo se crearon las Milicias Universitarias, posibilitando así la incorporación al mundo laboral de los jóvenes universitarios. Tengo entendido que por lo que respectaba a los estudiantes del ICAI, fueron necesarias múltiples gestiones por parte de los presidentes Santamaría e Inza, con militares de alta graduación que ellos conocían personalmente, para conseguir que los estudiantes del ICAI pudieran prestar su servicio militar en las milicias universitarias.

Esta modalidad suponía la prestación del servicio durante dos veranos en campamentos como el de La Granja de San Ildefonso y, al final de su carrera, completar su formación en un cuartel con la categoría de Alférez de Complemento, durante seis meses. Es decir, que los universitarios a los seis meses de terminar sus estudios, iniciaban su vida profesional en lugar de a los dos años.

A lo largo de los años de la posguerra se produjeron con normalidad las promociones correspondientes.

El Decreto de 1950

Siendo yo estudiante, en 1950 -más exactamente el 10 de agosto- se produjo un Decreto del ministro Ibáñez Martín por el que se reconocía la validez de los estudios de ingeniería que se cursaban en el Instituto Católico de Artes e Industrias. Nosotros no le dimos mayor importancia, sino que seguimos con nuestro periodo estudiantil.

Pero a partir del mes de octubre de ese año no faltaron los movimientos, dentro de lo tolerado por el Régimen, en forma de reuniones en las escuelas de ingenieros de Caminos y de industriales. Se suspendieron clases como protesta contra el Decreto.

El grupo principal lo encabezaba nada menos que Leopoldo Calvo Sotelo, que era el número uno de su promoción de Caminos. Éste en nombre del grupo fue a visitar al ministro, pero el día en cuestión el ministro se había marchado ya a su casa. Enterado del domicilio del ministro, en la calle Almagro, allí se presentó. Una señorita le atendió y le dijo que iba a avisar al ministro para que le recibiera. Debían de ser como a las siete de la tarde. Pasó el tiempo y a las nueve parece ser que la señorita volvió a entrar en la sala y se quedó sorprendida de que siguiera esperando Calvo Sotelo a ser recibido. Así lo fue al fin, pero la reunión fue breve y sin ningún resultado positivo.

Al bajar a la calle el grupo estaba inquieto y le preguntaron qué había sucedido. Pero su gran preocupación fue buscar una tienda de flores, porque necesitaba mandar un ramo a la señorita que le había atendido. Ésta no era nada más ni nada menos que Pilar Ibáñez Martín a la que así conoció y con la que llegado el momento se casó.

En orden a conseguir la aplicación del famoso Decreto de 1950, las puertas estuvieron siempre muy difíciles de abrir en el ministerio para el presidente Inza, ya que, al parecer, el ministerio estaba trabajando sobre una ley que había de cambiar totalmente las enseñanzas que se cursaban en las escuelas de ingeniería. Lo único que consiguió más tarde el presidente Gómez Olea (iniciador de la saga de los Gómez Olea) era que con la nueva ley se resolvería nuestro problema.

Los años pasaban, sin embargo, sin obtener ningún resultado positivo.

La Escuela de Organización Industrial

En 1955 se creó la Escuela de Organización Industrial. El director de la empresa en que yo prestaba mis servicios, me mostró su interés por que yo cursará en este centro de enseñanza. La Escuela solo admitía a ingenieros y economistas con título oficial, así como a militares con graduación superior a la de comandante. En consecuencia, no estaba prevista la presencia de ingenieros del ICAI en dicha Escuela. La Asociación solicitó que pudieran estudiar también los ingenieros del ICAI, pero se le negó.

La presidencia de Vela (1956)

Desde 1956 formé parte de la Junta de Gobierno que presidía Vela, porque era necesario, según me dijo, rejuvenecer el equipo directivo de la Asociación y aprovechar el conocimiento que él tenía sobre mi actividad como Ingeniero del ICAI en ciertos Departamentos de la Presidencia del Gobierno.

Volviendo a la negativa de que los ingenieros del ICAI pudiéramos estudiar en la EOI, fue decisiva la intervención del Nuncio de Su Santidad, quién en función del Concordato entre la Iglesia y el Estado, consiguió que los ingenieros del ICAI pudiéramos cursar allí nuestros estudios, tal y como lo hicimos en la primera promoción Campos Fariña, Villanueva y yo como benjamín.

Ley de Enseñanzas Técnicas de 1957

Tal y como se nos indicó en su momento, apareció la Ley de Enseñanzas Técnicas en 1957, que coincidió con el inicio de la presidencia de Eugenio Bru (1957, 1958 y 1959). Presentaba grandes novedades. Destaco, a continuación, el hecho de que a las antiguas titulaciones de Perito Industrial, de Ayudante de Obras Públicas, de Perito Agrícola, etc., se implantaron las titulaciones de Ingeniero Técnico Industrial, Ingeniero Técnico de Obras Públicas, Ingeniero Técnico Agrícola, etc.

Por el contrario, aparecían las titulaciones de Ingeniero Superior de Caminos, Ingeniero Superior Industrial, Ingeniero Superior Agrónomo, etc. La sorpresa fue que los ingenieros del ICAI éramos clasificados como Ingenieros Técnicos. Esto llevó a reuniones y discusiones de Bru con el Ministerio de Educación, ya que según el famoso Decreto de 1950 los únicos ingenieros que existían eran los ahora denominados Ingenieros Superiores, luego nuestra homologación debía ser como Ingeniero Superior. Bru lucho sin desmayo hasta conseguirlo, acompañándole yo, a petición suya (con nuestras tarjetas de visita) en algunas de sus reuniones. Afortunadamente aquellas gestiones no quedaron baldías y los ingenieros del ICAI fuimos clasificados a todos los efectos como Ingenieros Superiores.

Por otra parte, en 1958 apareció una Orden Ministerial por la que se desarrollaba la forma para obtener el título oficial de Ingeniero del ICAI.

Se trataba de llevar a cabo una reválida como la que sí conocían en los centros de enseñanza no gestionados por el Estado cuando se terminaban los estudios de la segunda enseñanza y había que trasladarse a una ciudad donde hubiera universidad para pasar un examen que permitiera obtener el grado de bachiller.

Esta Resolución estipulaba dos formas distintas según se hubiera estudiado la carrera antes o después de la Ley de 1957.

En este último caso, la reválida se llevaría a cabo ante un tribunal formado por dos catedráticos pertenecientes a alguna de las Escuelas Técnicas Superiores de Ingeniería y por un profesor de la Escuela del ICAI, sobre un programa previamente conocido por el alumno. Tras superar la prueba el candidato recibía el Título Oficial de Ingeniero del ICAI. Siendo de destacar la brillantez de estos exámenes a juzgar por la opinión de los miembros del tribunal.

En caso de haber cursado los estudios antes de la citada Ley, se suponía que el candidato tenía ya experiencia profesional. En ese caso, tenía que enviar el título de un proyecto con su contenido al tribunal, que estaba compuesto de forma análoga al caso anterior, con objeto de que este último validara el tema propuesto. En caso de que el proyecto fuese validado, el candidato tenía que defenderlo ante el tribunal en la fecha que se le fijara y posteriormente recibía el Título Oficial de Ingeniero del ICAI.

Quienes pasaron la reválida por ser posteriores a la Ley del 57, veían con satisfacción la fórmula alcanzada ya que les daba, además, la posibilidad de trabajar en la Administración Pública. Sin embargo, el resto no tenía la necesidad de ver validado su título puesto que nunca tuvieron problema para obtener un puesto de trabajo.

Las conclusiones de las asambleas generales terminaban siempre con una aprobación por mayoría en favor de lo legislado en la citada Orden Ministerial.

En mi opinión, la labor de Bru resultó esencial ya que, aprovechando el buen hacer tradicional de los ingenieros del ICAI y su interpretación de nuestra categoría de Ingenieros Superiores con sus reválidas correspondientes, dejaron la puerta abierta para conseguir otros objetivos.

El bienio 1960 – 1961

Bajo la presidencia de Andrés Lara se produjo, por parte del Colegio de Ingenieros Industriales, un acercamiento con nuestra Asociación que se tradujo en que el Colegio invitó a ambas Juntas de Gobierno a un almuerzo donde nos presentaron la posibilidad de pertenecer a la Mutualidad de Ingenieros Industriales, con unas condiciones que sometieron a nuestra consideración.

Apenas dos semanas después correspondimos con otro almuerzo de las dos Juntas de Gobierno, aceptada nuestra participación en su Mutualidad. Lamentablemente, años después, se vio el fallo de los cálculos actuariales que llevaron a la liquidación de la Mutualidad, lo que supuso quienes participamos recibiéramos un importe bien inferior a las cantidades con que habíamos cotizado.

En la boda de Andrés, que tuvo lugar en la iglesia del Espíritu Santo, y concretamente en el cóctel posterior, se acercó a mí un grupo de “las fuerzas vivas” de la Asociación para indicarme que por unanimidad de grandes grupos de ICAIs, tenía yo que ser el presidente que sucediera a Andrés. Yo les expliqué la imposibilidad de aceptar esta propuesta, puesto que en la compañía de Coches Camas donde prestaba mis servicios, además de las funciones ya previstas para mi trayectoria, me acababan de adjudicar grandes responsabilidades con vistas a que llevara a cabo en un próximo futuro una diversificación de las actividades de la compañía, en sectores distintos del ferroviario. Esto me llevó a limitar mis actividades en relación con la Presidencia del Gobierno (ver anexo) ya que, por otra parte, estaba lanzando un Centro dedicado a la racionalización y mecanización de los trabajos administrativos: algo que se tradujo rápidamente por la aceptación por parte de la Administración de la compulsa como forma de validar las fotocopias, así como la aceptación de los datos contables que aparecían en las impresoras de los equipos de ficha perforada sustituyendo a los viejos libros de contabilidad con letra redondilla. Mucho más tarde vendría la organización anual de una Conferencia Internacional de Informática, con seis salas simultáneas para distintos profesionales, lo que constituía una “universidad de urgencia” con 200 ponentes, y la presentación de un certamen –SIMO- para que la ciudadanía pudiera ir conociendo el sucesivo desarrollo de los equipos informáticos, con 200.000 visitantes

Todo esto hacía imposible que me comprometiera a nuevas tareas en un plazo, al menos, de dos años. Así lo aceptaron y quedamos en reconsiderar el tema tras la presidencia que, como consecuencia, se requirió de Redondo, que amablemente la aceptó.

El Doctorado

A este respecto la Ley de Enseñanzas Técnicas de 1957 preveía dos situaciones distintas.

En un caso, no tenía sentido el que después de los dos cursos de ingreso previos a iniciar la carrera, hubiera que cursar a posteriori dos cursos académicos, así como la preparación de una tesis doctoral y su defensa ante un tribunal.

A estos efectos, la obtención del grado de Doctorado por parte de los ingenieros que hubieran aprobado los cursos de ingreso, no tenían más que remitir a un tribunal, nombrado al efecto, un trabajo llevado a cabo por ellos. Éste quedaba en el ministerio como justificante de haber entregado al interesado el grado de Doctor Ingeniero.

Por el contrario, para aquellos ingenieros que, como consecuencia de la Ley del 57, hubieran pasado directamente del bachiller a cursar la carrera de ingeniero, debían someterse a dos cursos académicos, tras los cuales, un tribunal les asignaría el tema de la tesis estipulada de acuerdo con el candidato, que éste la desarrollara y la defendiera ante el tribunal que otorgaba o no el título de Doctor en función de la calidad de la misma.

Por lo que al ICAI se refería, esta doble fórmula es la que fue permitida para sus ingenieros que hubieran obtenido previamente el título oficial de Ingeniero del ICAI. La tramitación de todo esto constituyó una serie de pequeñas dificultades de detalle que Redondo llegó a superar.

En la Junta Directiva tuvimos noticia de que los trabajos presentados por los ingenieros veteranos del ICAI tenían, en general, un valor muy importante en comparación con los presentados por ingenieros de otras ramas, como en el caso de determinado ingeniero industrial que se limitó a remitir un artículo de periódico a dos columnas firmado por él.

El recurso

De acuerdo con lo anterior, los ingenieros con título oficial de Ingeniero del ICAI que quisieran alcanzar el grado de Doctor debían seguir el procedimiento que se acaba de citar.

La cuestión estaba en que, para las otras ramas de la Ingeniería, los cursos académicos, las tesis, etc., eran impartidos por la escuela oficial correspondiente.

Para poder actuar igual que en dichos casos, se requería, como es natural, que nuestra Escuela pudiera impartir los cursos académicos y el tema de la tesis subsiguiente: algo que la Ley no había especificado.

Siendo yo ya presidente (1964-1965-1966) nos dirigimos al ministro de Educación Lora Tamayo solicitando que nuestra Escuela pudiera impartir las citadas enseñanzas para los ingenieros del ICAI que lo desearan.

Nuestra petición, como ya íbamos estando acostumbrados, fue rechazada.

Como consecuencia de mi amistad personal con el Jefe de Recursos del Ministerio, tuve una conversación larga con él sobre nuestra argumentación y quedó convencido de nuestras razones hasta tal punto que me dirigió de alguna manera el orden en que tenía que desarrollar mi recurso ante el ministro, con todos los detalles necesarios e incluso me indicó expresiones concretas que debía utilizar.

Yo seguí su sugerencia y envié mi escrito al Jefe de Recursos del ministerio. Éste recibió nuestro texto y, en su despacho habitual con el ministro, lo estuvo comentando. El ministro se vio sorprendido por la fuerza de nuestros argumentos y, por consiguiente, no tuvo más remedio que concedernos la razón en un escrito que recibimos con posterioridad. A partir de ese momento nuestra escuela quedaba autorizada a impartir los cursos académicos de doctorado, etc., y a otorgar, si el caso lo merecía, el título de Doctor Ingeniero del ICAI, que en ocasiones merecía la calificación de “Cum Laude”, al igual que en los demás centros universitarios donde se otorgaba el grado de Doctor.

El Colegio de Ingenieros del ICAI

Si un ingeniero del ICAI disponía de su título oficial nada se debía oponer a que un colegio profesional validara su título ante una empresa o institución.

Por eso en la Junta Directiva decidimos solicitar del ministerio de Industria la creación del Colegio Oficial de Ingenieros del ICAI. A estos efectos visité al ministro de Industria, López Bravo, que comprendió nuestras razones.

Enterado el Colegio de Ingenieros Industriales de nuestra pretensión, formuló un escrito al citado ministro tratando de hacer ver la inutilidad de nuestra petición ya que los ingenieros del ICAI con título oficial podían integrarse en su Colegio. Con motivo de una nueva visita al ministro, quedó perfectamente justificado nuestro derecho a tener nuestro propio Colegio, debido a que, de hecho, constituíamos una nueva rama de la Ingeniería española. El ministro me mostró su acuerdo con nuestra propuesta y, en consecuencia, en el BOE apareció la creación de la citada entidad.

Personalmente me avergonzaba que, en el documento correspondiente, apareciera yo con el número 1 de colegiado, por lo que se lo ofrecí a mi predecesor Paco Redondo, con sumo agrado. Por lo tanto, en mi documento aparezco como el número 2.

El Instituto de la Ingeniería de España

Si como queda dicho los ingenieros del ICAI podíamos tener título oficial y disponíamos de nuestro colegio profesional, nada debía oponerse a nuestro ingreso en el Instituto de la Ingeniería de España (antes Instituto de Ingenieros Civiles). A estos efectos, había yo nombrado vicepresidente de nuestra Asociación a Francisco de Asís Martín Fernández de Heredia, que era un hombre muy importante en la empresa Talgo, cuya presidencia ostentaba José María de Oriol, que a su vez asumía en esos tiempos la presidencia de la Asociación Nacional de Ingenieros Industriales y, por el turno de rotación, la del Instituto de la Ingeniería de España.

Gracias a Asís tuve la oportunidad de recordar a Oriol nuestros orígenes, así como nuestra situación actual, que era totalmente paralela a la de las ocho ramas de la ingeniería española. De ahí mi deseo de que nuestra Asociación perteneciera al Instituto. El presidente lo vio con buenos ojos, pero como es natural me comunicó que el tema tenía que ser aprobado por la Junta Directiva que él presidía y, posteriormente, por la Asamblea General.

Mi amigo y presidente de la Asociación de Ingenieros Agrónomos, miembro de la Junta Directiva, me informó que en principio nuestra propuesta no debería de tener ningún inconveniente. Así ocurrió más o menos, ya que como fui advertido por mi amigo, siempre había uno de sus miembros que era conocido por las dificultades que ponía ante cualquier propuesta que se pudiera sugerir. Sin embargo, el asunto fue adelante en el pleno de la Junta Directiva formada por los ocho presidentes de las ocho ramas de la ingeniería, habiendo delegado previamente la Junta este asunto en una Comisión formada por el presidente y dos de sus miembros. La Comisión mostró su conformidad con la propuesta.

Solo faltaba, ahora, la aprobación por el otro órgano de gobierno del Instituto, que era la Asamblea General, que estaba formada por la totalidad de los ingenieros españoles. Evidentemente, ese órgano de gobierno creado a principios de siglo, había variado muchísimo en el número de sus componentes, ya que no se podía comparar el número de ingenieros en España a principios de siglo cuando se constituyó el Instituto, con los miles y miles de ingenieros en los años 60. Esto llevó a que cuando se convocaba la Asamblea, tan solo asistieran un grupo de ingenieros amigos que aprovechaban la ocasión, de aprobar los acuerdos de la Asamblea, para discutir algún asunto particular durante la copa de vino.

En el caso que nos ocupa del posible ingreso de nuestra Asociación en el Instituto, tuvimos noticias de que el Colegio de Ingenieros Industriales había hecho campaña para que fueran numerosos sus representantes en la Asamblea correspondiente, con objeto de impedir la aprobación de la propuesta de la Junta Directiva, lo que provocó que Oriol moviera a su vez a sus asociados para una presencia importante en esta reunión. A la hora de la verdad, apenas hubo presencia de los citados colegiados, mientras que los asociados fueron muy numerosos y, en consecuencia, quedó ratificado nuestro ingreso en el Instituto.

Por lo tanto, fui el primer ingeniero del ICAI que se sentó a la mesa de la Junta Directiva del Instituto. Me chocó que la carpeta que tenía delante de mí llevaba las letras ICAI muy nuevas y brillantes, mientras que las carpetas de los demás colegas tenían unas letras apenas legibles por el paso de los tiempos.

Tras la bienvenida de Oriol en nombre de toda la Junta Directiva yo respondí, más o menos, agradeciendo la acogida que la Asociación de Ingenieros del ICAI había tenido en el instituto, asegurando que nuestro deseo de estar integrados en el mismo no era otro que el de colaborar con las demás ramas de la ingeniería al progreso de la técnica, lo cual estaba yo seguro que se produciría por la presencia de colegas de mi Asociación, que participarían en forma numerosa en los distintos comités especializados del Instituto, lo que se cumplió plenamente.

El Consejo de Representantes del Instituto

El sucesor de Oriol, que fue Manu Sendagorta, nos indicó desde el principio su preocupación por la existencia de la Asamblea General de Socios que había visto su punto débil precisamente con motivo del ingreso de nuestra Asociación.

Considerado el tema, en sucesivas reuniones de la Junta, convinimos en la necesidad de cambiar la Asamblea como órgano de gobierno, por un consejo que se denominó Consejo de Representantes, que debía estar formado por un grupo de cinco o seis miembros titulares y otros tantos suplentes de cada una de las ramas de ingeniería. Este Consejo es el que estaría llamado a respaldar, aprobar o rechazar las propuestas de la Junta. Para sus reuniones era necesario un quórum determinado, de forma que la actitud a tomar por el Consejo era siempre representativa del sentir de los asociados.

La audiencia con el Jefe del Estado

Una vez que los ingenieros del ICAI pudimos obtener el título oficial, como consecuencia del famoso decreto del 10 de agosto de 1950, nos pareció oportuno solicitar de su excelencia el Jefe del Estado una audiencia. Para ello, me dirigí a su Secretario indicándole que iría acompañado del rector del ICAI, P. Marañón y de Casaroli (promoción 1914): compañero del Jefe del Estado durante la enseñanza primaria en su ciudad natal (información que me había dado su amigo y compañero Fernández Patinot).

Estrené para la ocasión el uniforme de Ingenieros del ICAI, cuya composición había aparecido ya en el documento oficial correspondiente. Tras una conversación entre el jefe del Estado y su amigo de infancia, mis palabras fueron de agradecimiento al Decreto del año 50, pero sobre todo y muy especialmente de compromiso en nombre de todos los ingenieros del ICAI, según el cual de ahora en adelante colaboraríamos con todas las ramas de la ingeniería española para el gran desarrollo de la industria en España, tanto en el campo eléctrico, con sus aplicaciones, entre otras, en el mundo de la energía, como en el campo mecánico, con sus aplicaciones, entre otras, en el ámbito de del transporte.

El P. Marañón agradeció al Jefe del Estado su atención al recibirnos y éste mostró su esperanza de que los ingenieros del ICAI no defraudarían en sus propósitos.

El primer Congreso de los Ingenieros del ICAI

Cumplidos los objetivos que culminaban nuestras necesidades más elementales, la Junta Directiva se planteó organizar el primer Congreso Nacional de los Ingenieros del ICAI.

La oportunidad venía dada por el hecho de que si el Congreso se celebraba ese año, coincidiría con la terminación de los estudios de la 50ª promoción.

El reto para la Junta Directiva era importante, pues en aquellos años estaba compuesta por unas diez personas, que seríamos los únicos que tendríamos la tarea de llevar a cabo esta efeméride.

Esbozamos un anteproyecto para el Congreso, que se podría celebrar los días 24, 25 y 26 de abril, con la ilusión de que el Congreso reuniera a una parte importante de los 700 compañeros que actuábamos ya profesionalmente.

Establecimos un anteproyecto de programa, a celebrar en Alberto Aguilera, tanto para los compañeros como para sus esposas, con un esquema como el siguiente:

  • Día, 18:00 h: Celebración eucarística a cargo del Provincial de los Jesuitas. A continuación, Inauguración Oficial del Congreso con unas palabras mías de bienvenida; Intervención de Santamaría, primer ingeniero del ICAI, y otra del representante de la 50ª promoción, seguido de un cóctel. A todo ello estaban invitados tanto los ingenieros como sus esposas.
  • 2º día (programa para ingenieros), 10:00 h:

Visión del ICAI: “Desde el inicio hasta Lieja” (Campos Fariña) y “Desde 1940 hasta nuestros días” (Juan de Salas Merlé). A continuación, “Presentación del impacto de los ingenieros del ICAI en la empresa española, hoy y mañana” (Carlos Inza). Finalemente, “Sesión abierta” presidida por Bru (una oportunidad para que todos los congresistas pudieran presentar anécdotas, recuerdos, su período estudiantil, sus relaciones con los demás estudiantes de ingeniería, etc.).

  • 2º día (programa para esposas), 10:00 h:

Traslado a la Escuela Profesional de Enseñanza para Oficiales y Aprendices en el Campo Eléctrico y Mecánico en Vallecas (donde en sesión vespertina profesaban gratuitamente distintos ingenieros del ICAI). A primera hora de la tarde, un grupo de esposas de ingenieros iban semanalmente a enseñar a las madres, esposas o hijas de los alumnos, a leer y escribir, coser, cocinar, etc. Las alumnas pudieron formular sugerencias a las congresistas para que éstas trataran de llevarlas a cabo. Por la tarde, desfile de modelos, organizado por un profesional del sector, en el muy amplio jardín, del que, junto a su vivienda, disponía un destacado ingeniero del ICAI y su mujer.

Las cenas de ese día se organizarían por grupos coetáneos.

  • Día, 10:00 h: Tres grupos simultáneos de trabajo para intercambio de informaciones sobre aspectos eléctricos, mecánicos y otros temas, respectivamente. (Tiempo libre para las esposas, que se unirán a las 12:00 h. para la entrega de diplomas).

12:00 h. Entrega de diplomas de Miembro de Honor a los integrantes de la Junta Directiva del Instituto de la Ingeniería de España que aprobó nuestro ingreso, entrega de diploma de Miembro Honorario de la Asociación a profesores no ingenieros, que a lo largo de la historia colaboraron para la formación de los alumnos y entrega de diploma de Miembro de Mérito a ingenieros del ICAI que se hubieran distinguido por sus servicios a la Asociación o por alguna excepcional carrera profesional. Acto de Clausura: Palabras del rector del ICAI; intervención del representante de la 50ª promoción y de Yagüe, primer presidente de la Asociación; y palabras mías de agradecimiento a todos y todas las congresistas por su presencia y colaboración.

Organicé una reunión con los presidentes supervivientes desde la creación del ICAI, que se mostraron encantados con la idea del congreso.

A partir de ese momento decidimos una serie de viajes a las distintas regiones españolas para animar a los ingenieros del ICAI a participar en su primer congreso.

Desde esta perspectiva, iniciamos los viajes de fin de semana mi mujer y yo, puesto que también había programa para esposas, con el fin de animar a los colegas a asistir al congreso, dándoles a conocer el anteproyecto de programa.

El primer viaje fue a San Sebastián, donde nos acogieron nuestros paisanos muy cordialmente con una reunión a las 9 de la mañana, en forma de desayuno, con el fin de animarles.

A las 12 nos trasladamos a Bilbao, donde Landetxo había organizado en un club un almuerzo con todos los ICAI vizcaínos y los pocos alaveses que existían. También en Vizcaya hubo una acogida muy favorable de todos los presentes.

Este mismo formato lo utilizamos en los siguientes viajes.

El segundo viaje fue la visita a Santander y Asturias.

El tercero a Galicia donde el alcalde de La Coruña, nuestro compañero Salorio, organizó la gran reunión de los ingenieros del ICAI de Galicia y sus esposas, en una jornada larga que duró desde nuestra llegada por la mañana hasta nuestro regreso por la tarde.

El siguiente viaje fue a Sevilla, donde de la mano de Pepe Maza y con la logística de Javier Benjumea, tuvo lugar un almuerzo al que concurrieron numerosísimos ingenieros y sus esposas de toda Andalucía.

El siguiente viaje fue a Cartagena, donde nos recibieron con un desayuno para escuchar nuestra propuesta, igual que en las anteriores reuniones. A continuación, nos trasladamos a Valencia, donde tuvimos una reunión tanto con los de dicha provincia como con los alicantinos.

El último viaje fue a Zaragoza, donde acudieron también los navarros y los pocos compañeros que trabajaban en Cataluña.

Por lo que se refiere a los madrileños, convocamos en la Asociación a los Delegados de Promoción para que divulgaran entre sus colegas la idea del congreso, su programa y el deseo de una presencia importante de ingenieros residentes en Madrid, para acoger a los numerosos colegas que ya se habían animado con motivo de nuestros viajes.

Teniendo en cuenta la acogida que el Instituto de Graham otorgó a los estudiantes del ICAI entre los años 31 y 36, me desplacé a Lieja para invitar personalmente al rector que, en principio, agradeció y aceptó nuestra propuesta.

En resumen, la opinión general de los asistentes, que superaron nuestras previsiones, fue altamente positiva y muchos estuvieron ya dispuestos a participar en un segundo congreso.

Nuevas actividades de la Asociación

Terminado el periodo de mi presidencia, fueron muy meritorios quienes ocuparon este puesto, que tuvieron como tarea seguir de cerca, como es natural, la marcha de las famosas reválidas y de las titulaciones de doctorado, al igual que lo hicieron sus antecesores. En esa época se tomó el acuerdo de repetir el Congreso cinco años.

Las tareas de la Asociación habían cambiado, pero no por eso habían disminuido ya que, por ahora, habría de estar al corriente de cualquier congreso, reunión, seminario, etc., que se organizara sobre temas de ingeniería para que en ningún caso estuviera ausente la Asociación, a través de los miembros más afines con los temas de las mencionadas manifestaciones.

Una innovación fue el inicio de la prestación de una serie de servicios a los ingenieros que vinieran a colmar sus deseos en muy distintos ámbitos de su vida, con condiciones tan especiales como las obtenidas para visitar el Museo del Prado, escuchar conciertos y un largo etcétera.

La Universidad Pontificia Comillas

Como consecuencia de la famosa Ley de 1957, surgieron las Universidades Politécnicas de forma que las Escuelas Especiales de Ingeniería, que venían estando vinculadas con los ministerios respectivos (como es el caso de los ingenieros de caminos en su relación con el Ministerio de Obras Públicas, de los ingenieros industriales con el ministerio de Industria, de los ingenieros agrónomos con el ministerio de Agricultura, etc.), integraron universidades politécnicas en distintas ciudades como Madrid, Barcelona, Valencia y Cartagena.

Al hilo de la integración de los estudios antes citados en universidades, el rector del ICAI, P. Dou, deseó integrar, de forma homóloga, los distintos estudios de ICAI, ICADE, Psicología, etc., en la Universidad P. Comillas, que formaba parte del Concordato entre la Iglesia y Estado Español. Para ello, decidió pedir audiencia al ministro de Educación y Ciencia, Cabero. El P. Dou tuvo conocimiento de que, además de paisanos, fuimos compañeros de mesa, en el curso de ingreso para el Bachillerato. Desde esa perspectiva me invitó a acompañarle en su visita.

El ministro nos recibió amablemente, un miércoles. Tras recordar nuestros los tiempos de adolescencia, el rector le expuso sus deseos. La reunión fue muy agradable, ya que el ministro sintonizaba totalmente con la propuesta que se le hacía y, por lo tanto, estaba dispuesto a llevarla a cabo.

El problema vino de que él sabía que el viernes de esa semana dejaría de ser ministro de Educación y Cultura, quedando como ministro de Cultura. Materialmente no había, por tanto, tiempo para toda la tramitación interna que debiera concluirse con el acuerdo firmado entre el Ministerio y la Universidad de Comillas. La buena voluntad de ministro, le llevó, como solución, a proponer al nuevo ministro de Educación, que se iba a nombrar a las 48 horas, -González Seara- que le permitiera retrotraer toda la documentación administrativa necesaria para el caso, de forma que la inclusión de las enseñanzas de la calle Alberto Aguilera quedaran integradas dentro de la Universidad P. Comillas. González Seara lo aceptó y, por lo tanto, el P. Dou vio satisfechos sus deseos que, efectivamente, resolvían posibles problemas de futuro.

Pero nunca se termina…

Con motivo de la “revolución” que supuso el Plan Bolonia, nuestra Asociación tuvo que estar permanentemente al día de la evolución de los grados –tres o cuatro años- y de los master ulteriores, todo ello, como es natural, en estrecha relación con nuestra Escuela y con el Instituto de la Ingeniería de España. Fueron numerosísimas las visitas de ingenieros que pasaban por la Asociación para pedir informaciones complementarias, orientaciones, etc., sobre el Plan que ya les iba a afectar a aquellos que fueron jóvenes ingenieros.

Especial interés tomó, en su tiempo, la constitución de la Unión de Colegios de Ingenieros, entidad a la que, por supuesto, pertenece el nuestro desde su inicio.

Por otra parte, el elevado número de ingenieros industriales del ICAI y de los nuevos ingenieros de telecomunicaciones del ICAI, están dando en estos últimos años una ingente tarea al incansable secretario General, Zaforas, que en su momento formó un gran tándem con el presidente, Román Escudero. Juntos han constituido una etapa llena de méritos y de iniciativas como la creación de la Fundación de los Ingenieros del ICAI para el Desarrollo, mientras que la Asociación desarrollaba nuevas actividades como los Foros sobre Innovación, Ferrocarril, Tecnología, etc., o el Observatorio de la Cátedra 4.0. No hay que olvidar que entre el elevadísimo número de ingenieros del ICAI, existe una porción importante de jubilados a los que la Asociación presta especial cuidado con programas de conferencias, visitas, viajes, cursos, cine forum, etc.

Ahora queda a Jaime y Marta, con sus respectivos equipos, superar el listón que se encuentra ya muy alto. Estoy seguro que lo conseguirán con su creatividad y con su esfuerzo, lo que les merecerá el agradecimiento de nuestro colectivo. Porque decir ICAI es decir “buena gente”. Yo lo corroboro ya que “por culpa” de los 40 años de Investigación Operativa, etc., tuve el privilegio de conocer a cientos y cientos.

Solo me queda, al acercarme al final de mi nonagesimocuarto año de vida, vislumbrar mi “nostalgia del futuro” que, en el corto plazo, significa la “añoranza del futuro Congreso de nuestra Asociación con motivo de nuestro Centenario”.

Luis Alberto Petit

ANEXO

Fuí el primer ingeniero de la recientemente creada empresa TEA, con la que me comprometí con un límite de seis meses de trabajo, pues tenía un acuerdo ulterior ya firmado. En dicho período satisfice los tres primeros contratos de la empresa que tenían relación con una fábrica de calzado, con una de bicicletas con motor y con otra de géneros de punto, ubicadas en tres provincias distintas. Lo que siempre me chocó en todas ellas era la diferencia entre el proceso mecanizado con que se fabricaban los productos y el nivel artesano con que me encontraba en las oficinas donde había empleados, que eran personas mayores que usaban manguitos y que, en todo caso, disponían de una máquina de escribir Underwood o de una máquina de calcular manual.

La diferencia de la forma de trabajar en la fábrica, donde se habían ya racionalizado y mecanizado los procesos de producción y la forma de procesar la información en las oficinas, me quedó muy grabada. Durante mucho tiempo pensé que era imprescindible racionalizar y mecanizar los trabajos administrativos y de gestión que se llevaban a cabo en las oficinas, para armonizar así las tareas del conjunto de la empresa.

Poco a poco, fui profundizando en los diagramas de proceso necesarios, en el análisis de los trabajos que se realizaban y de los posibles equipos que ya se vendían para este tipo de tareas, en orden a obtener la celeridad y la eficacia necesarias.

Una vez reflexionado todo ello concebí el desarrollo de una conferencia sobre el particular, en la que introduciría la palabra ordenador sustituyendo a computadora ya que, si se generalizaba el uso del verbo computar, podría ocurrir que en el diálogo entre dos empleados se conjugara el verbo en la segunda persona del singular del presente de indicativo.

El presidente de la Cámara de Comercio de Madrid se interesó por este tema y quiso que su institución liderara este movimiento de racionalización y mecanización de dichos trabajos administrativos y de gestión. Me pidió que dictará una conferencia en el gran salón de actos de la Cámara en el mes de octubre de 1955. La sala estuvo repleta de público, formado por directores de grandes empresas como Renfe, Campsa, Instituto Nacional de Previsión, Iberduero y un largo etc., también personas de las Pymes, pero esencialmente de funcionarios de alto nivel de la Administración española.

Al final de la reunión, Andrés de la Oliva, director del recientemente creado Centro de Formación para los Funcionarios de la Administración Pública, que dependía directamente de la Presidencia del Gobierno, me pidió mi colaboración como profesor asociado de dicho Centro, que yo acepté, y me imprimió unas tarjetas de visita donde figuraba: Luis Alberto Petit / Ingeniero del ICAI / Centro de Formación para los Funcionarios de la Administración Pública / Presidencia del Gobierno.

Por otra parte, fui requerido por Antonio Carro, jefe del departamento de Organización y Métodos de la Secretaría General Técnica de la Presidencia del Gobierno, que ostentaba López Rodó. De acuerdo con él convinimos una reunión semanal de trabajo, lo que originó a su vez que el ordenara se me imprimieran unas tarjetas de visita: Luis Alberto Petit / Ingeniero del ICAI / sección de OIM de la Secretaría General Técnica de la Presidencia del Gobierno / Calle Alcalá Galiano….

Es de observar que en ninguno de estos casos se me preguntó si el título de Ingeniero del ICAI era oficial…

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El ministro Alberto Martín Artajo fue el baluarte del Gobierno Español que consiguió que España volviera a formar parte de Naciones Unidas (de cuya institución había sido aislada años antes) con lo que, gracias al talento y prudencia del ministro, fueron volviendo a Madrid los embajadores de los países de la Europa Occidental, Estados Unidos, etc. Esto le dio el máximo prestigio entre sus compañeros de gabinete. Su hermano José Ignacio era ingeniero del ICAI (promoción 1925) –más tarde Jesuita y profesor de nuestra Escuela- que disponía, por tanto, del catálogo del centenar de ingenieros egresados ya de la Escuela con sus puestos de trabajo y empresas donde prestaban sus servicios. Este documento en manos de Alberto, que lo compartió con el ministro de Educación, les llevó a ambos a acordar la legalización de los estudios que se cursaban en el ICAI, lo que el ministro Ibañez Martín materializó por vía de un Decreto de 10 de agosto de 1950, es decir, durante las vacaciones estivales de los estudiantes.

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Siempre que alguien te pide algo te quiere convencer que lo que te solicita te dará poco trabajo. Tal fue el caso en febrero de 1955, en que Alfageme (promoción 1923) me pidió que le sustituyera como Presidente del Grupo Español del Secretariado de Ingenieros y Economistas Católicos de PAX ROMANA. El Grupo estaba integrado por ingenieros de las distintas ramas de la ingeniería, si bien dos de ellos eran al mismo tiempo doctores en económicas y desde la creación del Grupo habían decidido que, por razones obvias, el presidente sería siempre un ICAI.  El director de la Escuela me telefoneó para indicarme que era importante que yo aceptara y así lo hice. Aparte de las reflexiones personales sobre los temas de estudio, ello me obligaba a asistir anualmente a dos reuniones, de fin de semana en la sede de Paris, del Comité Directivo (formado por los presidentes de los grupos nacionales). Además, había una tercera reunión del Comité que se simultaneaba con la Asamblea General de todos los miembros. Precisamente en 1955 la Asamblea estaba programada para ser celebrada en Madrid. Como lo fue en el Instituto de Ingenieros Civiles. El tema fue “Necesidad de una Declaración Universal de las Naciones Unidas sobre el derecho de todos los ciudadanos del planeta a tener acceso a una fuente de energía”.

Así fue, por tanto, mi bautizo…

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Luis Alberto Petit Herrera, ingeniero del ICAI de la promoción de 1.953, fue Presidente de la Asociación Nacional de Ingenieros del ICAI desde 1964 hasta 1967. Fue gardonado con el premio Javier Benjumea en 1998 por los logros conseguidos en su impresionante carrera profesional así como por su compromiso incondicional con nuestras instituciones y con la comunidad de ingenieros del ICAI.   

En febrero de 2021, con motivo del centenario de la Asociación, le hicimos una entrevista Talento ICAI que dejamos enlazada aquí.